Tu recuerdo, no importa lugar o tiempo, a mi lado,
pueblecito de Sangonera la Verde, tan venerado;
siempre te llevé conmigo, amante enfermo de ti,
orgulloso de tu gente, de mi gente, con la que conviví.
De ti, en el despertar de mi niñez, escuché de su voz,
tono entrañable, de mi maestro, Don Juan Olivares;
tan sabias sus palabras, tan elocuente su pasión,
que grabadas, para siempre, quedaron en mi corazón.
Fueron tantas cosas buenas, las que me transmitió,
que, hoy quiero, aunque me pongan cadenas,
proclamar a los cuatro vientos, sangre de mis venas,
pueblo de mi alma, retazo de aquel maestro, que tanto te amó.
Por ello estoy murmurando, en verdad tan pura,
que me debo ir acercando, y en mi blog anotando,
tan bellos pensamientos, y de tan preciada hermosura.
Qué orgullo, pueblo mío, debes tener,
como cualquiera tendría;
pueblo de tanto que ver, como tu sangonereña mujer,
plena de belleza, inteligencia y simpatía.
Sí, esa tu mujer, de cara morena y sabia,
mujer agarena, poco delicada, que la sangre quema,
sólo con su especial y limpia mirada.
Cuanto tienes encerrado, tierra de mis entretelas,
debiera ser triplicado, para alabarte desde cualquier lado.
¡Olé, Reina de los Ángeles! ¡Olé, pueblo de Sangonera!
¡Olé, nuestra tierra, flor y canela!
¡Olé, tus mujeres y gentes! ¡Orgullo eres de España entera!




